Antártida
UN AÑO EN OTRO MUNDO
Por Ivan Hoermann
www.respiraelmundo.com

Tener la fortuna de haber vivido un año en la Antártida,
donde las huellas del hombre no existen, es como volver
a la tierra como era en el pasado, como ya no se experimenta
prácticamente en ningún otro lugar del planeta.

 

En el año 2013 me encontraba trabajando como Guardaparque Nacional en la Administración de Parques Nacionales, y siempre había tenido el sueño de conocer la Antártida; finalmente pude concretarlo gracias a un convenio del Instituto Antártico con APN, donde los guardaparques podíamos presentarnos para trabajar en la toma de datos biológicos de campo, para distintas investigaciones que se desarrollan en el continente blanco.
Así fue como presenté mi postulación y fui elegido junto con otro Gpque., Martín Yaya, para trabajar un año en la base de Islas Orcadas del Sur, unas pequeñas islas rocosas, abruptas y cubiertas de glaciares donde escasean las zonas planas.


Las mismas se encuentran en medio del Mar Antártico, a 800 km de la Península Antártica, 800 km de Georgias del Sur y a 1.500 km de Tierra del Fuego.
Partimos a principios de febrero de 2014 en un avión Hércules desde el aeropuerto de Palomar, hicimos una parada en Río Gallegos a la espera de una “ventana” de buen tiempo que nos permita cruzar el Pasaje de Drake sin problemas. Luego de 3 días de espera, finalmente salimos.
La emoción de estar ahí, en vivo, luego de haber soñado tantos años mirando esa franja de agua mítica en los mapas, mientras me preguntaba cómo sería... fue indescriptible!.
Entre parches de nubes, iba mirando el azul profundo del mar y algunas olas de las rompientes. Luego de unas horas de vuelo, nos avisaron que estábamos por aterrizar, casi sin visibilidad. Fuimos bajando entre las nubes, y de pronto, entre esa visión gris, surgen una rocas negras con manchones de nieve. Finalmente estábamos en la Antártida!
Aterrizamos en la base Chilena Eduardo Frei; es muy común que allá se borren las diferencias entre países y se colabore entre todos en una confraternidad antártica.
Traspasamos la carga del avión al barco carguero argentino ARA Canal de Beagle, conocido como el Perla Negra, y emprendimos la última parte del camino hasta el destino final, el cual nos llevó 3 días más de navegación por el mar de Weddell.
Finalmente, entre iceberg enormes como las mesetas patagónicas, llegamos a la isla Laurie, pertenecientes al grupo Orcadas del Sur: mi hogar por los siguientes 12 meses.

UN DIA “NORMAL” EN LA BASE
En la base convivíamos 18 personas, quienes, con la última visita de un barco -después de marzo de 2014-, nos quedamos solos hasta enero del año siguiente.
Para llevar de buena forma todo ese tiempo aislados de todo contacto humano, existe una organización de trabajo. De las 18 personas, 15 eran personal de la Armada y Fuerza Aérea, quienes tenían la función de mejorar las instalaciones de la base, hacer que todo funcione, encargarse del mantenimiento del equipo, logística, reducción de residuos, mediciones geomagnéticas y meteorológicas.
Los 3 civiles nos encargábamos de la toma de datos y monitoreo del ecosistema antártico, principalmente sobre la población de pingüinos, mamíferos marinos y aves; junto con toma de muestras de plancton y agua de mar. Esto nos requería salir al “campo” prácticamente todos los días, desde la mañana hasta la tarde. Sin embargo había tareas comunes que se hacían por turnos, como la limpieza de la base, las guardias, la preparación del desayuno, el bombeo de agua, entre tantas otras tareas.
Las salidas para toma de muestras se realizaban en semirrígidos, a pie o con esquíes, era en esos momentos donde aprovechaba para fotografiar ese mundo tan apasionante. El trabajo de, por ejemplo, el censo de población de pingüinos, me ubicaba en el lugar justo para captarlos con la cámara.
Obviamente que, en mis tiempos libres, aprovechaba para caminar por los alrededores en busca de unas buenas imágenes; sobre todo durante las noches calmas y de luna llena.


Lo maravilloso de haber pasado un año entero, es que fui testigo de todo el ciclo de la vida según las estaciones del año.
Estando allá, me di cuenta rápidamente que hay dos ambientes diferenciados: el mar y la costa. Aunque ambos están llenos de vida, hay notables contrastes. El interior de la isla se presenta con glaciares, algunas rocas y desolado en cuanto a animales (ahí no hay flora terrestre, solo algunos musgos y líquenes en lugares muy puntuales).
En la costa, y sobre todo en verano, es donde observé más actividad. Es el lugar en que miles de pingüinos entran y salen del mar constantemente llevando alimento a sus pichones, ocasión que aprovechan las focas leopardo para alimentarse de ellos con relativa facilidad.
Mientras los cazan, una nube de aves como Petreles Gigantes, Gaviotas, Paiño y Skuas, se formaba alrededor buscando restos de la infortunada presa.
Por su parte, las Focas de Weddell con sus crías, descansaban en las rocas, y junto a ellas, comunidades de Lobos Marinos jóvenes iban, venían o luchaban entre sí.
Los Skuas y las Palomas Antárticas (única ave voladora terrestre de las islas) patrullaban sobre las colonias de pingüinos buscando comida como huevos o pichones. No había manera de aburrirse!


En la isla, los Pingüinos, son las aves más abundantes. Hay tres especies: Papua, Adelia y de Barbijo. Siendo, los dos últimos, quienes tienen colonias de miles de individuos.
Justamente el Adelia, es el primero en llegar a fines del invierno, momento en que aproveche e hice una de las fotos que más me gustan: cuando vienen en fila caminado sobre el mar congelado (que ilustra las páginas de presentación de este artículo).
Valoro especialmente esa foto por la emoción que sentí al hacerla. Fue durante una recorrida en la que, justamente, estábamos esperando su llegada. Sabíamos que los primeros ejemplares llegaban a comienzo de octubre, el mismo día cada año o a la sumo con 1 o 2 días de diferencia (¿cómo lo hacen? …es un misterio!). Ese día, salimos con los esquíes; el mar estaba congelado desde mayo, por lo que, por delante teníamos toda una planicie blanca y, de repente, vi unos puntitos negros en la distancia. Eran ellos!!


La adrenalina me inundó y apresuré el paso para acercarme. En ese mismo instante vi, que no eran unos pocos… sino miles!!! También logré visualizarme a mi mismo ahí, solo, en la Antártida, luego de un invierno frío, parado sobre el mar congelado, viendo ese espectáculo de la naturaleza en completo silencio y armonía con mi cámara en mano. Me emociono. Agradezco a la naturaleza por permitirme ser testigo de ese momento tan mágico… y saco todas las fotos que puedo.
De repente, los pingüinos detienen su marcha un momento. Me miran, pero me doy cuenta que no me tienen miedo. Inesperadamente, yo había dejado de ser el observador para transformarme en el observado; y luego, sin más, me rodean y siguen su marcha.
Habían nadado cientos de kilómetros y se encontraban caminando 60 km más sobre el mar congelado para llegar a un islote de rocas donde se reencontrarían con su compañero/a de vida.

ALGUNAS OTRAS ESPECIES ANTARTICAS
Una de las especies más linda es el Petrel de las Nieves, totalmente blanco que contrasta con el azul del cielo (allá no hay polvo en la atmósfera y hay poca humedad, lo que hace que el azul sea aun más intenso). El Petrel suele buscar crustáceos en el borde del hielo y nidifica en las paredes rocosas protegidas del viento.
El Gaviotín Antártico, por su parte, es ave muy ágil, la cual lleva constantemente krill a sus crías para alimentarlas. Para sus nidos, seleccionan una rústica copita hecha de rocas, en aquellas áreas donde no hay nieve; generalmente en sitios rocosos cercanos a la costa.


En el agua pude ver a las focas de Weddell, Cangrejera y la Leopardo. La primera muy mansa y tranquila, contrasta con la Leopardo que es curiosa y se acercaba a la embarcación; mientras las Orcas y las Ballenas pasaban cerca pero nunca tanto como para tenerlas a una distancia apropiada para una buena foto.
En los islotes rocosos abundaban los Cormoranes Antárticos, los que eligen esos sitios poco accesibles para hacer sus nidos y criar a los pichones. Pasan todo el año en esa zona, padeciendo el mar congelado, lo que los obliga a volar varios kilómetros para alimentarse.


Las colonias de Lobos Marinos Antárticos, que estuvo en peligro de extinción, ahora se recuperan lentamente. Lo interesante es que llegaban los machos jóvenes, adolescentes, o machos viejos, aquellos desplazados que no tienen su harén de hembras. Las familias y harenes estaban en las islas Georgias del Sur, a 800 km al norte; aunque muy de vez en cuando, llegábamos a ver a un macho con la hembra y su cría, un amor que superó las costumbres de la especie.
Los lobos jóvenes tienen una conducta parecida a los adolescentes de nuestra especie, simulaban atacarnos en grupo (mientras caminábamos por la costa), pero a medida que se acercaban a nosotros, les daba temor, comenzaban a mirarse unos con otros, y medían a ver quién retrocedía primero… ninguno quería ser el cobarde del grupo!! Pero bastaba que uno frene para que el resto lo haga también y vuelvan a sus lugares. Así que era cuestión de quedarnos quietos hasta que terminen sus asuntos.


COMO ES FOTOGRAFIAR EN LA ANTARTIDA
Como es de suponer, el desafío mayor fue trabajar con muy bajas temperaturas. Fue necesario llevar las baterías dentro de la ropa para que no se descargaran por el frío y el correr de las horas.
Antes de salir, prendía la cámara dentro de la base, para que tome temperatura de trabajo. Salía, hacía las fotos y, al regresar, esperaba 30 minutos antes de apagarla; de esta manera nunca tuve problemas, a pesar de haber estado a -35 ° C con la Nikon D7100.
Al entrar a la base todo el cuerpo de la cámara se ponía blanco... Parecía un vaso de cerveza recién sacado del freezer!, claro!, estaba a -15, -20 y congelaba la humedad ambiente.
El problema de la condensación en los lentes, solo se daba cuando entraba a la base, pero los dejaba hasta que se estabilizaran solos.


EL REGRESO
El 2014 fue un año en que la convección antártica fue intensa, el hielo fue abundante y permaneció por más tiempo en el mar. Esa es la razón por la cual, hasta enero, no había llegado ningún barco (no hay contacto por aire por falta de espacio para una pista de aterrizaje).
El primer barco que nos visitó fue uno de turismo, preparado para el hielo. La visita fue bienvenida... eran las primeras caras nuevas que veíamos en 12 meses!! Recuerdo que, en esa oportunidad, pudimos comer unas naranjas y manzanas frescas, las que saboreamos como chicos!
A fines de Enero finalmente el Perla Negra llegó por nosotros, en el cual regresamos a Buenos Aires en un viaje que duró 8 días sin escalas.
Llegar a Buenos Aires en enero, con calor, humedad y a una ciudad con miles de personas, fue muy fuerte. Necesité una adaptación de unos cuantos días antes de volver a “la normalidad”.


De mi vida en la base, puedo destacar la conducta estricta sobre el cuidado del medio ambiente. Las medidas que se toman para no contaminar, el respeto por la fauna y la tierra, la no intervención, el uso mínimo y necesario de los recursos, la introducción de tecnología y producción alternativa de energías, son cosas que debemos mantener e incluso desarrollar para poder estar en armonía con el lugar y seguir disfrutándolo como es.
Todo esto nos puede servir de ejemplo para nuestras actividades en el lugar en que vivamos. Si nos lo proponemos, se que es posible.






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